El cuento hondureño en la dí©cada de 1950

Nery Alexis Gaitán (*)

Introducción general
Me es muy grato dar contestación al estudio crítico-filosófico “El Arca de Oscar Acosta o las Ironías del Destino” de don Raúl César Arechavala Silva, que hoy ingresa a la Academia Hondureña de la Lengua. En este trabajo analítico se deja constancia de lo importante que fue este libro de ficción, en una década donde la narrativa estaba gobernada por temas agrarios y sociales.

Conocer las particularidades de la narrativa hondureña en las primeras décadas del siglo XX es esencial para poder desentrañar el arduo trabajo de los narradores, su intención y propósitos en aras de reflejar las particularidades de la vida hondureña y su característico quehacer, por lo que se hará un recorrido para caracterizar los primeros trabajos realizados, a nivel temático, en el relato hondureño.

Primeras décadas del siglo XX

La generación de 1924 que forma el Grupo Literario Renovación en 1926, que en su momento fue dirigido por Arturo Mejía Nieto, son los primeros que consolidan y modernizan el cuento en Honduras. “El cuento hondureño a partir de los años veintes desarrollará dos vertientes o corrientes literarias que marcarán en forma definitiva su desarrollo futuro: El criollismo, con sus variantes: Costumbrismo y regionalismo; la otra vertiente será el cosmopolitismo” (Salinas, 1991). El regionalismo refleja la estructura social agraria que predomina en el país; así, los narradores reflejarán la vida del campo y sus particularidades; los personajes serán campesinos que tienen mucho amor por su tierra, situados frente a injustas condiciones de vida. Manuel Salinas plantea que: “El gusto por el colorido de la tierra, por el folclore y las tradiciones, por la descripción de costumbres y formas de vida y por el habla del campesino hondureño, es una de las constantes que recorren y caracterizan a esta narrativa. Esta vertiente literaria, desde luego, es el producto de la existencia en nuestro país de una economía eminentemente agraria y de la supervivencia de estructuras latifundistas en varias regiones hondureñas” (Salinas 1991:35).

Don Marco Antonio Rosa, en una entrevista que le realiza Manuel Salinas en octubre de 1978, decía sobre su novela “Lágrimas Verdes” de 1963: “Yo intento llamar la atención del habitante urbano sobre la tragedia campesina. No es que piense que el problema sea desconocido sobre algo que reclama solución, sino que quise martillar sobre el abandono del citadino hacia los problemas del agro. Y para qué repetirlo: La vida en el campo hondureño para el hombre, para la mujer y para el niño, ha sido y sigue siendo amarguísima” (Salinas, 1991:37).

Del Grupo Literario Renovación, cultivarán el criollismo, Federico Peck Fernández narrador y periodista (1904-1929), que en su obra se marca una fuerte tendencia a la denuncia político-social, a las injusticias y a las guerras intestinas que sangraron al país.

La vertiente cosmopolita, que se caracteriza por el tratamiento y ambiente urbanos, en donde los protagonistas son citadinos, aborda problemas propios de las grandes urbes; esta corriente será el resultado de las vivencias en el extranjero de los creadores, la mayoría de ellos ostentaron cargos diplomáticos. El cosmopolitismo, en el Grupo Renovación, será cultivado por:

Arturo Mejía Nieto (1902-1972), en donde se vislumbra que en algún momento arrastra situaciones propias del criollismo, pero lo trasciende y entra a la corriente cosmopolita. Y Arturo Martínez Galindo (1903-1940) que maneja una visión cosmopolita, diríamos casi universal sobre las inquietudes del alma humana. Asimismo, en sus cuentos también aborda temas erótico-amorosos, hasta el momento no trabajados en nuestra narrativa. Marco Carías Reyes también desembocará en el cosmopolitismo con algunos de sus relatos en su libro “Cuentos de Lobos”.

También en las primeras décadas del siglo XX encontramos en plena labor creadora a Froylán Turcios (1875-1943), quizás el padre del cuento en Honduras. Fue un escritor que asumió su oficio con responsabilidad literaria y es digno ejemplo de superación artística, fue un gran divulgador cultural y dejó el nombre de la patria en un alto sitio de honor; su talento fue altamente reconocido por destacados intelectuales de todo el Continente. La obra de Turcios está imbuida por influencias de los simbolistas franceses, por Edgar Allan Poe, por Rubén Darío, entre otros, influjos con los que construye una obra de corte modernista. El culto a la muerte, lo trágico, lo mórbido, lo misterioso en donde los personajes agobiados por un peso moral o afectivo, ansían soluciones escatológicas, propias de un más allá que les vislumbra cierta plenitud, o que llevados por una violencia interior: La tortura del alma, ansían liberarse, o el culto a la desesperanza cuando se ha perdido el amor, son algunas características de su obra. En Turcios encontramos una visión de corte cosmopolita y no meramente regional. Su libro “Cuentos del amor y de la muerte”, es su obra por antonomasia; un hecho peculiar: Es un texto con una gran cantidad de cuentos, 69 en total. Desafortunadamente el caso de Turcios es aislado y los narradores no cultivaron esta temática, preocupados más por lo social y lo político.

En las siguientes dos décadas, se desplaza el cultivo del cosmopolitismo y se consolida el cultivo del regionalismo en el cuento hondureño. En la década de 1930 se publican 15 libros de cuentos, la mayoría bajo la influencia del criollismo. Los escritores tratarán de denunciar las injustas estructuras agrarias que predominan en el agro hondureño; asimismo harán fuertes cuestionamientos a las guerras civiles que han asolado a la patria.

Haciendo un apartado, es importante mencionar a Santos Juárez Fiallos (1916-2005) quien es el iniciador del cuento psicológico en Honduras. En 1937 empieza a publicar sonetos y algunos relatos de corte fantástico en revistas y periódicos, que sufren la tortura del alma esperando con paciencia el instante del resarcimiento, etc., haciendo uso de técnicas propias de la psicología, lo que deja entrever influencias de variada naturaleza desde Freud hasta Joyce, Kafka y posiblemente Borges, abriendo así una brecha en el criollismo que impera en esta época; don Santos seguirá publicando paulatinamente sus trabajos en las décadas siguientes, desafortunadamente su caso es aislado y ningún otro narrador cultivó en ese momento nuevas técnicas narrativas ni abordó otro tipo de temas. En lo que respecta a don Santos no culminó una obra narrativa constante en su momento, lo que hubiera universalizado el cuento hondureño en estas décadas gobernadas por el regionalismo o criollismo; será hasta 1989 cuando publique su primer libro de cuentos: “Los alegres años veintes y otros cuentos hondureños”.

En la década de 1940, de pobre producción cuentística, solamente se publican seis libros: Cuentos de lobos, en 1941, de Marcos Carías Reyes; Betina, en 1941, de Lucila Gamero de Medina; Rafael Heliodoro Valle publica Visión del Perú, en 1943, e imaginación de México en 1945; Daniel Laínez publica El Grencho en 1946 y Arturo Oquelí, El cultivo de la pereza, en 1948, propuestas que estarán, casi todas, bajo la influencia del regionalismo.

Década de 1951-1960

En esta década continúa la corriente regionalista o criollista –reflejando la violencia en sus diversas formas en el acontecer nacional– y se consolida con nuevos nombres que revitalizan el género, imprimiéndole una alta calidad literaria, ya que son escritores talentosos, quienes siguen plasmando la angustiosa situación de la vida en el campo hondureño, ellos son: Víctor Cáceres Lara (1915-1993), Eliseo Pérez Cadalso (1920-1999), y Marco Antonio Rosa (1899-1983) quien será el novelista por excelencia del criollismo. Asimismo Alejandro Castro h., (1914-1995) publicará su libro “El ángel de  la balanza”, en 1956, que es una crítica de naturaleza social. Nuevos narradores publican sus primeros textos, pero no serán propuestas novedosas; aunque sí se perfilan los primeros elementos de la literatura de ficción con la publicación de “El arca” en 1956, de Oscar Acosta.

Los libros publicados en esta década son: Fábulas, en 1951, de José Francisco Martínez; Humus, en 1952, de Víctor Cáceres Lara; Guijarros, en 1952, de Rodolfo Alirio Hernández, Senderos, en 1952, de Angel Porfirio Sánchez; Revelación, en 1952, de José Zerón, h.; Anhelos de un corazón, en 1953, de Ofelia Delgado M.; Cuentos hondureños, en 1953, de Salvador López Arias; Relatos hondureños, en 1953, de Angel Porfirio Sánchez; Mis primeros cuentos, en 1954, de Florencio Alvarado; Ceniza, en 1955, de Eliseo Pérez Cadalso; Flor de Mesoamérica, en 1955, de Rafael Heliodoro Valle; El arca, en 1956, de Oscar Acosta; El ángel de la balanza, en 1956, de Alejandro Castro, hijo; El pecador, en 1956, de Arturo Mejía Nieto; Inquietudes, en 1956, de Marco Antonio Rosa; Margarita o el amor de un gitano, en 1957, de Tilita Núñez de Simón; Un amigo llamado Torcuato, en 1957, de Francisco Salvador; Altar (verso y prosa), en 1958, de Mercedes Laínes de Blanco; Tinajón de barro, en 1959, de Adolfo Alemán; Sendas en el abismo, en 1959, de Mimí Díaz Lozano; y Achiote de la comarca, en 1959, de Eliseo Pérez Cadalso, haciendo un total de veintiún libros publicados en esta década.   

Como ya se mencionó, en 1956 Oscar Acosta publicó un pequeño libro de cuentos en Lima, Perú: “El arca”, 18 cuentos en los cuales deja entrever algunos asomos de lo que será el cultivo de la ficción, aunque desgraciadamente, igual que en el caso de don Santos Juárez Fiallos, ese intento quedó aislado y no tuvo seguidores inmediatos.

El trabajo crítico de don Raúl César Arechavala Silva “El arca de Oscar Acosta o las Ironías del destino” nos lleva por el recorrido de motivos e influencias novedosas que constituyen la columna toral del libro: El tiempo circular o sea el eterno retorno, el destino prefijado, la muerte y su absurdo, la metamorfosis, etc. aquí se plantea el cultivo de una nueva visión de mundo, desde la perspectiva de una ficción universal; esta pequeña obra, pero con una gran densidad semántica y temática, ha dejado atrás el regionalismo imperante en el ámbito narrativo hondureño. Ya bien lo expresa don Raúl Arechavala, refiriéndose a don Oscar Acosta y las circunstancias que lo influyeron a escribir este libro: “Indudablemente, su lenguaje y sus ideas están muy lejos de cualquier criollismo, realismo socialista o costumbrismo provinciano. Seguramente la bibliografía que lo acercó tempranamente a la obra de Borges, el gran maestro; y su precoz carrera diplomática que le permitió frecuentar otros ambientes intelectuales tuvieron una decisiva influencia como factores de una visión mucho más universalista que la de muchos de sus coterráneos y coetáneos”.

El arca es un libro novedoso, ágil, muy bien estructurado y que aborda una temática universal y contemporánea, razón por la cual, a más de cincuenta años de su publicación, goza, como un mozalbete recién estrenado en la vida, de una excelente salud en el ámbito narrativo nacional.

Vale la pena recalcar que en 1959, Adolfo Alemán publicó el libro: “Tinajón de barro”, que aunque todavía se vislumbran restos del regionalismo, consolida un nuevo cosmopolitismo fuera del quehacer del campo y sus recurrencias en lo que a violencia, sobre todo política, se refiere. Con sus dos libros posteriores: “Tierra abierta” (1963) y “Arenas movedizas” (1967), será uno de los iniciadores de lo que se ha llamado el nuevo cuento en Honduras.

En conclusión, la década de los años cincuenta es una época de transición ya que se empieza a gestar el nuevo cuento de vanguardia hondureño. Eliseo Pérez Cadalso trasciende el criollismo y aborda conflictos universales del alma humana, lo mismo que Adolfo Alemán; inclusive Arturo Mejía Nieto ya ha desembocado en referir los tormentos de la psiquis de sus personajes citadinos. Es decir, ya se han empezado a gestar situaciones de interés universal en donde nuevos temas, más allá del ambiente del campo y la denuncia política, empiezan a hacer acto de presencia en las narraciones hondureñas. Situación que se evidencia en la década siguiente, en la cual se desemboca en la vanguardia, con las corrientes de pensamiento que imperaban en esa década.

Bibliografía
Salinas, M. 1991. Cultura Hondureña Contemporánea. Tegucigalpa, Honduras. Editorial Universitaria. Tomo I. 323 p.
(*) Escritor hondureño, ha publicado 15 libros. Pág. Web:
www.nerygaitan.es.tl

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