ESTANCOS

La flecha indica el lugar donde operaba el estanco “La Profesora”.

La semana anterior me encontré en los estudios de televisión con el sociólogo Julio Navarro y nos pusimos a comentar los recuerdos que hacemos los martes de la antigua Tegucigalpa, relatos que contribuyen a remontarnos al pasado citadino, a revivir las tradiciones y a ilustrar a las nuevas generaciones de costumbres y sitios perdidos en el tiempo.

Con Julio, originario de Morocelí, pero que a muy temprana edad se trasladó a la capital, comenzamos a hacer remembranzas de las estaciones o “paradas” de los buses del transporte urbano que antaño estaban bien definidas en las rutas que cubrían estos autobuses y que los motoristas respetaban, no como ahora que se detienen donde les da la santa gana.

Los usuarios esperaban en los sitios fijados por la Comandancia de Tránsito y los motoristas que infringían lo establecido para abordar o dejar pasajeros en lugares no permitidos, eran sancionados con fuertes multas porque agentes de la policía como “Pinocho”, “El Eléctrico”, “Tristán”, “Chocolate” y otros, siempre estaban vigilantes para cumplir las órdenes impartidas por el mayor Luis Aguilar Gonzales.

De esas estaciones o paradas de buses que recordamos estaban San Felipe, la del Mercadito San Miguel, la del Finlay, Los Dolores, la de El Calvario, el San Isidro, el Centenario, El Obelisco, La Granja, El Vacilón, la del Clámer, las del parque Central, la Sanidad, Belén, Cantón y otras que se fueron agregando al ampliar las rutas.

En el centro de Tegucigalpa un agente de tránsito de la Policía Nacional.

En la plática, cambíamos de tema y Julio me indicó que cuando hemos hecho referencia a lugares famosos, no hemos mencionado aquellos sitios populares donde se expendían bebidas alcohólicas, especialmente el aguardiente de caña (guaro) y que únicamente en un artículo recordamos Las Camelias, La Mascota, La Magnolia, El Bosque, el New Bar, Mi casa de Juan Pino donde se expendían los compuestos como el pericón, los calambres y los coroneles. Estos negocios estaban catalogados como cantinas o bares.

Los expendios autorizados por el gobierno para la venta al público del aguardiente, que antes era producido en la fábrica del Estado, tenían un número de registro otorgado por la oficina de Especies Fiscales del Ministerio de Hacienda y además del guaro vendían timbres, papel sellado y esquelas telegráficas.

Esos expendios no se conocían por el número que aparecía en una tabla pintada en la pared exterior, sino como ESTANCOS y tenían los nombres o sobrenombres de sus propietarios.

¿Cuáles eran los más frecuentes?… Bueno, sin haber sido cliente, recordamos el estanco de doña Mercedes Laínez en el barrio La Ronda, estaba situado en una antigua casa de adobes esquina opuesta a una tienda del ciudadano oriental Antonio Ham y donde hoy tiene un negocio de materiales eléctricos Francisco Young Torres.

“La India” quedaba en los bajos del edifico Los Corredores.

El estanco de doña Meches era muy concurrido porque los octavos o las pachas se servían acompañadas de boquitas como jocotes verdes con sal o rajitas de caña y al sitio llegaban desde Los Carlines, carreteros de arena de río, los poetas del barrio, hasta reconocidos médicos, abogados, ingenieros,  artistas, porque en el expendio tenían su estudio de ensayos Los Catrachos ya que doña Meches era la madre de Arnaldo, uno de los integrantes del famoso trío. Contaba con una barra y unas cuatro mesas dispersas cubiertas con manteles plásticos para aquellos que se iban a instalar por varias horas.

Otro de los renombrados estancos capitalinos era el de “La Profesora” que funcionaba al costado oriental del Bazar El Cisne y la Imprenta Ariston en la estrecha calle que conecta con La Pradera.

El negocio era de una retirada maestra que obtuvo la franquicia del Estado para la venta del guaro y por eso el sugestivo nombre que los clientes le dieron al estanco. La pieza donde operaba el expendio era más amplia y tenía varias mesas de madera con sus respectivos taburetes donde los parroquianos degustaban los tragos que los consuetudinarios clientes conocían como “los tapazos de la Profe” que acompañaban con mango verde, ciruelitas silvestres y taquitos con repollo.

En una de las casas de la derecha operó el estanco “La Múcura” en El Guanacaste.

En El Guanacaste otro estanco era “La Múcura” que estaba ubicado en la vecindad de la Casa Linton, su propietario de apellido Girón era un regordete chofer y mecánico que apodaban “el múcuro”. El lugar tenía como atractivo para los clientes que los fines de semana la  boca o botana eran fajitas de carne con mostaza y garnachitas con frijoles fritos.

“El Despacho” ubicado en una vieja casa de madera pintada de color verde haciendo esquina en la calle de la Penitenciaría Central, era el sitio preferido de los litigantes y funcionarios de los Juzgados que funcionaban en el viejo edificio del presidio capitalino. Por ese estanco desfilaron muchos profesionales del derecho que a lo mejor utilizaban el lugar para fundamentar, ya inspirados, los casos que llevaban en los tribunales de lo criminal.

En las proximidades de la casa de salud La Policlínica hubo otro estanco famoso, sitio preferido por muchos galenos que después de sus fatigadas jornadas se iban a descargar las presiones con el transparente y espirituoso líquido, que con más caché, acompañaban muchas veces con curiles, choricitos o pedacitos de carne prensada.

“El último adiós” fue otro famoso estanco en la calle al Cementerio General, los días más concurridos eran aquellos cuando los que iban a sepultar a familiares o amistades hacían una parada obligada para disipar sus penas.

Primera calle de Comayagüela, al final cerca del cementerio estaba “El último adiós”.

Otro, era el situado en la entrada de los garajes de la KIST, una fábrica de refrescos y hielo que operaba en el barrio Los Dolores. Este estanco, cuyo propietario sólo recordamos el nombre de Paulino, era muy visitado por aquellos que tomaban fuerza para subir la cuesta del barrio Buenos Aires.

“Aquí me quedo”, “El Centavo”, “La India” en Los Corredores, “El Guadalajara” y uno que se encontraba en las proximidades del estadio en el barrio Morazán, eran parte de los estancos diseminados por todos los barrios de la capital, pero los del ayer tenían una característica, no sólo acudían a esos expendios los borrachitos callejeros, eran lugares donde muchos señorones de la ciudad llegaban para ingerir sus octavitos, hacer tertulias de amigos y hacer gala de su sentido machista de haber probado el guaro sin arrugar la cara.

No tenemos fotografías precisas de esos lugares, las únicas referencias gráficas que les podemos ofrecer son los lugares donde estaban “La Profesora”, “La India” en Los Corredores , “La Múcura” en El Guanacaste y una aproximación de “El último adiós”.

Hasta la próxima semana.

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