Las nuevas generaciones, saludan a Clementina Suárez (1902-1991)

Nelson E. Merren, Leticia de Oyuela, Tulio Galeas, Clementina Suárez, Pompeyo del Valle, Oscar Acosta y Eduardo Barh en el Palacio del Libro de Tegucigalpa en 1960.

Lo que vive Clementina

Mujer y poeta. O para ser más cabales con su indivisible condición humana: Mujer poeta. Clementina Suárez es así: Mujer por la gracia de su sexo, el cual ha sabido enaltecer a niveles muy por encima del consabido muérgano; y poeta por destinación inclaudicable, la única en su género que ha logrado aquí, hasta hoy, ejercer tal oficio con suficiente propiedad y trascendencia.

Si hubiera una sola palabra para extractar su dilatada trayectoria vital, yo propondría: intensidad, años y años vividos segundo tras segundo, escansiándoles hasta la última gota de luz que fuere posible. Por eso, Clementina Suárez le ha profesado al tiempo la más legítima de las lealtades: la autenticidad, lo cual supone –a despecho de lo establecido– no dejarse avasallar por aquél, no prestar obediencia a sus varios y variados fueros. Ella ha vivido para crecer. Su corazón, arma de fuego, ha traspasado limpiamente los carapachos de la fijeza, la rendición o el acatamiento. Vivir intensamente es perdurar, mas sólo perdura lo voluble, lo irreductible, lo desmesurado. Suyas podrían ser estas palabras de la inmortal escritora brasileña Clarice Lispector: “No quiero la terrible limitación del que vive tan sólo de aquello capaz de tener sentido”.

De igual manera, su poesía no ha sido ajena, en ninguno de sus versos, a tan hermoso destino. Vida y obra han crecido trenzadas, coyuntadas por la firme y fecunda pasión de existir, de perdurar. La obra de Clementina Suárez es, por eso, uno de los testimonios más genuinos y ejemplares que se pueda encontrar dentro de la tradición literaria de Honduras. Desconocer su nombre, por mucho efluvio de macho cabrío que abunde en un ambiente como el nuestro, sería como privar a nuestras letras y, por qué no decirlo, a un período significativo de la actual formación cultural hondureña, de una voz, de una actitud con caracteres fundacionales. Vida y obra se erigen, por tanto, en hitos precursores de una forma de hacer, de una manera de ser iconoclastas, eclosivas, sin duda necesarias para potenciar todo proceso de transformación material y espiritual.

Léase, pues, esta muestra de su producción poética con la emoción de quien mira crecer una criatura, sin olvidar que lo que ella dice es lo que ella vive. ¿Para qué más?

Biografía mínima

Clementina Suárez nació el 12 de mayo de 1902 en Juticalpa, Olancho, siendo hija del abogado Luis Suárez Araya y de la bella dama Amelia Zelaya Bustillo de Suárez Araya.

En la próspera hacienda de sus padres denominada San Roque de Jutiquile pasó, según confesión propia, una feliz infancia.

Tuvo cuatro hermanas, María Luisa, Rosa, Dolores y Graciela Suárez Zelaya y dos hijas, Alba Rosa Suárez y Silvia Rosa de Mercado, ambas hijas del escritor hondureño Marco Antonio Rosa.

Clementina Suárez publicó los libros “Corazón sangrante”, “Iniciales”, “De mis sábados el último”, “Templos de fuego”, “Creciendo con la hierba”, “Canto a la encontrada patria y a su héroe”, “El Poeta y sus señales” y “Con mis versos saludo a las generaciones futuras” en Cuba, México, El Salvador y Honduras.

La Universidad Nacional Autónoma de Tegucigalpa recogió en un grueso volumen comentarios sobre su obra poética y reprodujo retratos que le pintaron artistas como el muralista mexicano Diego Rivera.

Clementina Suárez se consideraba discípula de Alfonso Guillén Zelaya y uno de sus mejores amigos fue el Nobel guatemalteco Miguel Angel Asturias.

En México, El Salvador y Honduras fundó galerías de arte y fue una gran animadora de la cultura centroamericana.

El Estado le concedió el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa en 1970 y la Orden José Cecilio del Valle en el grado de Gran Cruz, Placa de Plata.

En su casa del barrio La Hoya de Tegucigalpa fue agredida por desconocidos y falleció el 10 de diciembre de 1991 en un hospital capitalino debido a las lesiones que le fueron ocasionadas.

Oscar Acosta

Combate

Yo soy un poeta,
un ejército de poetas.
Y hoy quiero escribir un poema,
un poema silbatos,
un poema fusiles
para pegarlos en las puertas,
en la celda de las prisiones,
en los muros de las escuelas.
Hoy quiero construir y destruir,
levantar en andamios la esperanza.
Despertar al niño
arcángel de las espadas,
ser relámpago, trueno,
con estatura de héroe
para talar, arrasar
las podridas raíces de mi pueblo.

Dolido sello de mi cara

Amargura, soy tu recipiente
labios y pulso, marcados tengo;
mi desvelado sueño, mi goce triste,
amargura, de ti provienen.

Medardo Mejía y Clementina en la Universidad Nacional.

El rostro, inimitable máscara,
sus oscuros designios describe.
¿Qué universos extraños
mis ríos de sangre contienen?
Ciegos niños llevo en el alma,
nacidos de amor y muerte.

Mis brazos los van meciendo
con canciones de pena y llanto
Amargura, orilla intacta de mi vida,
dolido sello de mi cara.

La habitante

Nárrome en días y noches
como si yo misma escuchara mi voz
o ella remota viniera a mí
escapada del círculo de su eco.
Duele su grito ahogado en el desesperado
pecho
golpeado y desgarrado por amar la belleza
y querer por siempre
escribir su nombre en el aire,
como si solamente yo fuera la habitante
de mi desolado mundo.

Elegía de la sangre heroica

Insomnio
del que escucha
con qué golpe tan seco
caen los cuerpos en la tierra.

¡Y cuántos están cayendo!

Cuántos que se han hundido
Dejando intacto el hueco de su cuerpo.
Hundido con sus pasos, sus manos y su
frente,
pero hundidos hacia arriba;
sumergidos voluntarios en la muerte
seguros de transvivirse
en sus rocas, en sus mares,
en sus árboles.

Su pecho estuvo cierto
en la evidencia
de que no hay otra vida sino aquella
que por el camino de la sangre
hacemos nuestra.

Perdidos tendremos
ya sus rostros,
de las formas deshechas
se apartarán sus pies.
Pero sábelo,
porque tienes que saberlo,
que estamos contentos
con tanto ramo de olivo.

Clementina fue homenajeada en la UNAH el 19 de septiembre de 1969.

Porque sólo el hombre oprimido,
ahogado de noche o de terror
alcanzará la apropiada medida
para revivir en forma exacta
la desfallecida corteza
del planeta.

Los desprendidos huesos
se levantarán de nuevo,
que no está enterrado su fósforo
ni caído su laurel.

Sus manos frescas trabajan
con redoblado afán,
sin reposo,
para que renazca, encendida
-levantada en raíces-
la verdad de ser libres.

El grito

Enfilada y firme
espero la hora
que desamarre todos los obstáculos
y me aviente a los mares de la lucha
con la alegre capacidad
del que desafiando la muerte
vence a la vida!

Yo era
una desesperada mariposa
aprisionada en las paredes
de las horas inútiles.
Pero el nuevo grito
llegó por fin a mis oídos
y yo le he abierto los brazos
como a un horizonte de luz
que me señalara
el único puerto de esperanza!

¡Alegría! De los gritos apiñados.
¡Alegría! Del dolor que florece.
¡Alegría! De mis brazos tendidos
al nuevo grito del mundo.

El poema

Si comienza a escribir un poema
piensa de antemano en quién lo leerá
Pus una rima es solamente una rima
cuando alguien la comprende y sobrevive
ante todo y sobre todos,
escapando de las mediocridades
que exaltan la petulancia y la palabrería.

El poema no es necesariamente tal como es
sino como debe ser en su aliento de justicia.
Una palabra es suficiente para amar la
esperanza
y hablar de ella tiene más importancia
que el más bello pero intrascendente
poema.

En brazos del nuevo viento

Dos olanchanos irrepetibles, Clementina y Medardo Mejía.

Canción futura, vena desbordada,
cielo de mañana, brisa de ahora mismo.
¡Qué salto tengo que dar
para poder llegar a tiempo!
Norte, sur, este, oeste,
en un nuevo grito eterno.
¡Qué trabajo me cuesta
romper tanto espejo inútil!
Sombras, sombras no más,
pero sombras de mí misma.

Las cosas se han dado vuelta
y es crimen hablar de estrellas
cuando hay que limar cadenas.
Ahora, si regresara,
no podría reconocerme.
Adelante voy con todos
buscando la luz redonda.
¡No me duele la carne!
¡No me duele mi llanto!
La gran masa grita y avanza
terrible y multiplicada,
y yo avanzo, avanza también
en brazos del nuevo viento.

En busca de rumores

Queda, suave, evanescente
me alejaré una noche, como una
sonámbula que se siente
atraída por la cara de la luna.

Nadie oirá mis pasos, sutilmente
iré buscando mi fortuna
en la faja de luz o en el relente
que va dejando tras de sí la luna.

Seré sombra entre las sombras confundida,
interrogaré entre esas sombras a la vida
y quizá pueda con mis interrogaciones

para la sangre que corre de mi herida
poblar de rumores mi alma entristecida
y llenar mi existencia de nuevas ilusiones.

En su caballo de palo
Y nadie comprende
que los ojos se cierran apretando una pena,
que una ola negra ennubla el corazón.
Que sumiso –en esta encrucijada-
el cuerpo camina a tientas…

Que en este ponerse y quitarse los zapatos,
que inútil la hora
qué penoso el minuto.
un niño con su dedo me señala la sombra
y viajo con él en su caballo de palo,
como si quisiera huir, huir…

No se mide la miseria,
no se silencia el hambre.
El hombre que se va y regresa a su cielo
fijo
a donde sin remedio está crucificado.

Querría sacudir el polvo de su frente
cansada,
Fascinada, desparramar estrellas, caricias.
Quisiera ignorar que no hay justicia.
Ignorar que yo misma ando en el vacío,
como si estuviera parada en un puente
atado sólo de un extremo.

Que la camisa que cubre mi cuerpo ya me
queda holgada.
Y ando riendo, llorando,
abrochando una súplica
de puerta en puerta
para que me dejen pasar lista
con los que tienen trabajo,
y pueden alegremente
celebrar su cumpleaños
o simplemente desayunar.

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