Vuelo 492, (o las peripecias de un viaje)

Por: José Manuel Molina Sierra, don Manolo para La Ceiba

Mi solo empeño aquella madrugada era capturar y abordar el vuelo 492 en el aeropuerto de San Pedro Sula para llegarme hasta Miami.

Los ceibeños parece que estamos condenados a soslayar nuestro holgado y vasto aeropuerto Golosón y salir de La Ceiba para tomar un vuelo internacional. Caprichos de los monstruos!

Con las maletas de arrastra y el corazón en sobresalto un taxi amigo me depositó confiadamente en la estación del autobús cuyo boleto  había comprado con casi un mes de anticipación.

Más, me esperaba una sorpresa: el lujoso bus tenía una llanta desinflada –ponchada decimos por acá- y el  alemanísimo motor se resistía a arrancar. La única opción fue salir disparado para la competencia y comprar un boleto de emergencia.

Ya estaba en el aeropuerto de San Pedro Sula. Me  sentía plenamente seguro y relajado; ya había cancelado el onerosísimo impuesto aeroportuario (que en estos momentos nos los quieren encarecer más todavía). Qué rara manera de promover el turismo! Ya había cruzado victoriosamente el engorroso sistema de seguridad, herencia de Osama Bin Laden. Pero de pronto escuché que me llamaban por mi nombre a través de los parlantes y, junto a otra pasajera de nombre Abigail, nos pedían repetidamente que pasáramos al frente de la sala de espera. Detrás de una mesa, que había aparecido no se de dónde, nos esperaba un joven de manos enguantadas. Le pregunté de qué se trataba y me contestó que yo y Abigail –una niñita de escasos 6 años y que viajaba sola- habíamos sido seleccionados “ALEATORIAMENTE” para un “chequeo” extra.

Mi corazón empezó a palpitar rápidamente, experimentando al mismo tiempo un preocupante dolorcillo. Entre tanto yo me pregunto: qué había hecho de malo, nada, me contesté, que yo supiera.

Finalmente me recuperé y, con toda la compostura posible, le pregunté a joven qué significaba “aleatoriamente”. El me contestó en inglés: “ad random”. Por qué diantres usan “aleatoriamente” en vez de usar “al azar?”. Es que a los hondureños nos place complicar la vida al l prójimo. Menudo susto innecesario!!!

Mientras una joven bolseaba a Abigail –de cuyas bolsas (las de un diminuto pantalón vaquero), solamente salieron unos cuantos billetes de uno y dos lempiras, la distraje contándole una historia que me inventé para el momento.

En el aeropuerto de Miami la primera imagen con que me encontré, antes de abrazarme con Manny mi expectante hijo, fue el afiche de un carro, (que por cierto no sonreía como los carros estrella de Disney que hablan y sonríen), la leyenda sobre el afiche rezaba: “Why is this car smiling? Por qué este carro está sonriendo?”. Yo me contesté: porque en los Estados Unidos casi nadie sonríe.

Alguien acertadamente dijo que los norteamericanos viven una aburrida democracia. Me sumo a la idea; los gringos y muchos agringados hacen los 365 días del año lo mismo de lo mismo. Por el contrario en nuestros trópicos los horarios, las agendas, los planes se rompen y se hacen pedazos con cualquier excusa; siempre hay sorpresas y eventualidades que nos sacan de sopetón de nuestra rutina.

Por aquí hay muchísimos carros “de paila”, (pick up), en los que hay espacio siempre disponible para que medio mundo se encarame y vaya a ser testigo ocular del último accidente o tragedia, haciendo todo a un lado.

Aún más, la vida en gringolandia no sólo es aburrida sino superveloz, casi epiléptica. Mis piernas –que son mi única debilidad física- ya no me daban para no quedarme rezagado por las turbas de  pasajeros que los aviones vomitaban por múltiples gusanos o mangas. Los que arribaban de las mil esquinas del mundo no caminaban, corrían detrás de las maletas como si alguien se las iba robar. La presión se siente con solo poner un pie en tierra norteamericana. Para castigo de mis cansadas zancas los pasillos (eléctricos) rodantes (conveyors), no funcionaban. No solo a nuestra atrasada Honduras fallan las máquinas.

Me tocó tomar un vuelo local, de Miami a Orlando.

Novedades?, claro.

En la fila que casi lo desnudan a uno por razones de seguridad, me hicieron perdediza una gorra y una chamara o “chumpa”, nada barata. Hice preguntas, me dejaron con la palabra en la boca, nadie sabía nada; hubiera querido hablar con un supervisor, pero ya no había tiempo, debía correr de nuevo como todos los demás. En un avión de tamaño mediano me tocó el asiento del  centro, por lo tanto quedé ensadwichado o mejor,  -emparedado- entre dos jovencitos.  No hubo  saludos ni intercambio de palabras durante el vuelo. Permanecí inmóvil, sin saber dónde colocar los codos; me mantuve algo así como pollo “rostizado”, o como si estuviera congelado; menos mal que el trayecto aéreo era corto. Los norteamericanos son muy celosos del espacio y la distancia entre los cuerpos y no quería una mala mirada. Mientras el avión, en su descenso, dibujaba los contornos de los lagos de Orlando pensaba: “Bien está San Pedro en Roma aunque no coma”.

Cuando Wagner regresó a Alemania de su exilio en París exclamó: “El rin, los judíos, (a quienes mal quería) el mercado”. Cuando yo regresé a La Ceiba, respiré a profundidad y grité: “Pico Bonito, El Cangrejal; los ceibeños (a quienes tanto quiero).

ESO SÍ, LAS PERIPICIAS DE ESTE VIAJE VALIERON LA PENA: REGRESÉ CON LAS BATERÍAS EMOCIONALES PLENAMENTE RECARGADAS, (VISITÉ A MI FAMILIA).

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