La gloria eres tú

Por José María Leiva Leiva

“Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche”. Oscar Wilde. “El eterno femenino nos impulsa hacia arriba”. Goethe. El testimonio de las mujeres es ver lo de fuera desde dentro. Si hay una característica que pueda diferenciar el discurso de la mujer, es ese encuadre”. Carmen Martín Gaite. “El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta; el segundo, un imbécil”. Voltaire.

“Sin la mujer, la vida es pura prosa”. Rubén Darío. “Las mujeres poseen un admirable instinto de desconfianza”. Honoré de Balzac. “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”. Napoleón Bonaparte. “Cuando una mujer se rinde es porque ha vencido”. Aldo Cammarota. “No se nace, sino que se deviene mujer”. Simone de Beauvoir. “La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”.

Rudyard Kipling.

“Para mí, la mujer ideal es aquella con la que puedo llorar”. Enzo Biagi. “Si quieres que la mujer te siga, ponte adelante”. Francisco de Quevedo. “El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. Simone de Beauvoir. Las mujeres felices, como las naciones felices no tienen historia”. Mary Ann Evans. “Crecí besando libros y pan. Desde que besé a una mujer, mis actividades con el pan y los libros perdieron interés”. Salman Rushdie.

“Las mujeres con pasado y los hombres con futuro son las personas más interesantes”. Chavela Vargas. “El rostro de una mujer debe estar acuñado por su propia historia”. Claudia Cardinale. “La mujer no existe. Sólo hay mujeres cuyos tipos varían al infinito”. George Sand. “Los que matan a una mujer y después se suicidan deberían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después”. R. Gómez de la Serna.

Finalmente, dejamos el siguiente relato: cierto día, una mujer llamada Anne fue a renovar su licencia de conducción. Cuando le preguntaron cuál era su profesión, ella dudó. No sabía bien como clasificarse. El funcionario insistió: “Lo que le pregunto es si tiene un trabajo”. Claro que tengo un trabajo; exclamó Anne. Soy madre. Nosotros no consideramos eso un trabajo. Voy a colocar ama de casa, dijo el funcionario fríamente.

Una amiga suya, llamada Marta supo lo ocurrido y quedó pensando al respecto durante algún tiempo. Un determinado día ella se encontró en una situación idéntica. La persona que la atendió era una funcionaria de carrera, segura, eficiente. El formulario parecía enorme, interminable. La primera pregunta fue: “¿Cual es su ocupación? Marta pensó un poco y sin saber bien como, respondió:

Soy doctora en desenvolvimiento infantil y en relaciones humanas. La funcionaria hizo una pausa y Marta tuvo que repetir pausadamente, enfatizando las palabras más significativas. Después de tener anotado todo, la joven quiso indagar. Puedo preguntar, “¿Qué es lo que la señora hace exactamente?” Sin un trazo de agitación en la voz, con mucha calma, Marta explicó: Desarrollo un programa a largo plazo, dentro y fuera de casa.

Pensando en su familia, ella continuó: “soy responsable por un equipo y ya recibí cuatro proyectos. Trabajo en régimen de dedicación exclusiva. La gran exigencia es de 14 horas por día, a veces hasta 24 horas”. A medida que ella iba describiendo sus responsabilidades, Marta notó el creciente tono de respeto en la voz de la funcionaria. Cuando regresó a su casa, Marta fue recibida por su equipo: una niña de 13 años, otra de 7 y otra de 3.

Mamá ¿dónde está mi zapato? Mamá, ¿me ayudas a hacer un lazo? Mamá, el bebé no para de llorar. Mamá, ¿me buscas al finalizar el colegio? Mamá, ¿vas a asistir mañana a mi baile? Mamá, ¿vas de compras? Mamá….” Subiendo a las alcobas de la casa, ella pudo oír a su más nuevo proyecto: un bebé de seis meses, probando una nueva tonalidad de voz. Feliz, Marta tomó al bebé en sus brazos y pensó en la gloria de la maternidad, con sus multiplicadas responsabilidades y horas interminables de dedicación.

Sentada en la cama, Marta pensó: “Soy la doctora en desenvolvimiento infantil y en relaciones humanas, ¿y qué serían las abuelas? Y luego descubrí un título para ellas: doctoras-mayores en desenvolvimiento infantil y en relaciones humanas. A las bisabuelas, doctoras ejecutivas mayores. A las tías, doctoras-asistentes. Y a todas las mujeres, madres, esposas, amigas y compañeras: doctoras en el arte de hacer la vida mejor. En un mundo donde se le da tanta importancia a los títulos, en que se exige siempre mayor especialización en el área profesional, vuélvase una especialista en el arte de amar.

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