COSTAL

ESO de echar a todos los que se van del equipo administrativo -unos que renuncian, otros que despiden, otros que los obligan a que se vayan- en el mismo costal no es equitativo. Cuando se quitan colaboradores de la administración pública debería ser por causas justificadas que ameriten esas remociones. De ser posible, las razones debieran comunicarse para que el amable público las conozca. Si hay una voluntad de transparencia en la información, deberían empezar por eso. De lo contrario queda una nebulosa en el ambiente que no es saludable.

No se sabe si fulano se fue porque ya no puede con el dulce; cansado de lidiar con los enrevesados problemas burocráticos; o mengano porque tiene en su despacho un conflicto de autoridad que no ha podido resolver y los subalternos se desmangan sin hacerle caso; o zutano porque ha sido protagonista de un escándalo que empaña la imagen del gobierno; o perencejo porque por fin decidió no seguir fingiendo que desatiende sus tareas como servidor público por pasar en otros menesteres y ahora va a dedicarse de lleno a la política. O bien podría ser sencillamente porque el funcionario perdió la confianza del mandatario, o porque no sale lo suficiente a defender al régimen, o porque se dejó meter goles de subalternos o de asesores, por “boca abierta”, o porque él mismo calculó los tiros al marco creyendo que nadie se daría cuenta, o porque no encaja en el nuevo proyecto político que están armando, o porque no dio bola como se esperaba, o porque se cansó a medio palo y ya no da el ancho, o porque le resulta mejor al director técnico cambiar varios jugadores a la mitad del partido.

Cualesquiera que sean las razones, el titular del Ejecutivo tiene derecho a trabajar con colaboradores con los que se sienta a gusto. Pero los que se van -algunos de ellos- también tienen su propia imagen que cuidar. Algunos hasta gozan de prestigio profesional o personal y no les ha de gustar caer en la misma canasta con los desacreditados y los incapaces. Digamos, solo a manera de ejemplo, en términos generales, el hasta hace unas horas ministro de Finanzas -hasta donde nosotros sepamos- ha sido un profesional competente. No es la primera vez que es llamado a ocupar funciones en la administración pública, precisamente por su experiencia y conocimiento de las finanzas. Quizás no sea la persona más dadivosa -incluso tiene fama de agarrado- pero en esos lugares se ocupa gente que cuide los pocos centavos que le caen al fisco. Cuando se navega en aguas turbulentas, los víveres no hay que desperdiciarlos. Tiene sus simpatías partidarias, pero no es político. Preferible un técnico que conozca y maneje bien los números a uno que oriente las transferencias y los recursos con fines políticos. A no ser que esa sea la razón por lo que lo están cambiando.

Por lo anterior, decíamos, se ocupan aclaraciones. Ha de ser incómodo para un Presidente decidir sobre esos cambios. Se trata de gente amiga -bien en lo personal o en lo político- muchos de los cuales al final van a agradecer menos que los hayan llamado y van a acordarse más de cómo salieron.

No todos se retiran agradecidos porque les dieron la oportunidad de servir. Incluso hay quienes creen que ese derecho es ganado. Aunque para muchos activistas políticos, cuando aparecen integrando el gabinete ministerial, es la primera vez que les ven las caras. El mal gusto de la retirada -sobre todo cuando esta es en medio de una nebulosa indescifrable- siempre queda en el paladar. Pero ese no es el lado dulce del poder. Es la parte incómoda de mandar.

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